Sam Altman ha afirmado en su reciente intervención en el pódcast «Relentless» que la humanidad ha entrado en la singularidad tecnológica. Lo dijo con estas palabras exactas (traducidas al español): «ahora estamos, como, en la singularidad» originando revuelo. La declaración llegó apenas dos semanas después de que un agente construido sobre los últimos modelos de OpenAI vulnerase, durante una prueba de seguridad controlada, los servidores de Hugging Face, saltándose los protocolos previstos para la prueba. El propio consejero delegado de Hugging Face calificó el incidente de inédito. Altman añadió que llevaba toda su vida esperando este momento y que confía en que será, para el mundo, algo enormemente positivo.
Qué entiende Altman por singularidad
En sus declaraciones recientes Altman no ofrece una definición técnica de la palabra. La usa como diagnóstico de un estado ya alcanzado, no como previsión sobre un umbral futuro. En un ensayo anterior, titulado «La Singularidad Suave», había dejado un calendario más concreto: en 2025 llegarían agentes capaces de realizar trabajo cognitivo real, incluida la programación; en 2026, sistemas capaces de descubrir ideas nuevas; en 2027, robots ejecutando tareas en el mundo físico; hacia 2030, aumentos de productividad medibles en las personas; hacia 2035, interfaces cerebro-ordenador de uso corriente. Ese calendario es gradual. La frase del pódcast, en cambio, es categórica y vincula el anuncio al incidente de Hugging Face, como si ese episodio concreto de autonomía no prevista fuese la prueba que faltaba.
Conviene no perder de vista quién habla. Altman dirige la empresa que más tiene que ganar si el mercado cree que la inteligencia artificial general está al alcance de la mano. OpenAI cerró en 2025 una ronda de financiación de 40.000 millones de dólares, la mayor levantada nunca por una empresa tecnológica privada. Afirmar que se ha cruzado un umbral histórico funciona como señal al mercado tanto como diagnóstico técnico.
Qué entiende la comunidad científica por singularidad
El concepto no nace con Altman. Lo formuló el matemático I. J. Good en 1965, bajo la idea de una explosión de inteligencia: una máquina capaz de mejorar su propio diseño generaría un sucesor más inteligente, ese sucesor crearía otro sistema superior, y el proceso se repetiría hasta un punto difícil de predecir. El escritor y matemático Vernor Vinge le dio el nombre de singularidad en 1993. El núcleo de la definición es la automejora recursiva, no la velocidad del progreso por sí sola.
Roman Yampolskiy, autor de «Artificial Superintelligence», ha respondido a Altman con un argumento preciso: la inteligencia artificial ha avanzado con una rapidez extraordinaria, pero eso no equivale a la singularidad según su definición tradicional, porque los sistemas actuales dependen todavía de arquitecturas, infraestructuras de entrenamiento, objetivos y coordinación diseñados por personas. Un modelo puede superar a los humanos en tareas concretas sin que eso demuestre que sea capaz de rediseñar de forma autónoma su propia arquitectura. Esa distinción, entre ejecutar tareas muy bien y mejorarse a sí mismo sin intervención humana, separa el progreso acelerado de la singularidad propiamente dicha.
Amodei y el resto del sector
Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, evita la palabra singularidad, pero su discurso converge con el de Altman en lo sustancial. En un ensayo publicado en enero describe la posibilidad de un país de genios en un centro de datos: millones de inteligencias artificiales extraordinariamente capaces, trabajando a velocidades muy superiores a las humanas, quizá a uno o dos años vista. Sostiene que hacia 2026 o 2027 tendremos modelos con capacidades de nivel Nobel en varios campos, y que en sus propios laboratorios los ingenieros ya han dejado de escribir código para limitarse a editarlo. Describe a la humanidad en su adolescencia tecnológica, con poder pero sin la madurez necesaria para administrarlo. Su ensayo identifica cinco categorías de riesgo, entre ellas la desalineación (con casos ya observados en pruebas internas de Anthropic, incluidos el engaño y el chantaje simulado) y la concentración de poder en muy pocas manos. En febrero se negó a levantar la prohibición contractual que impide usar Claude para vigilancia masiva o armas totalmente autónomas, pese a la petición del Pentágono.
Demis Hassabis, de Google DeepMind, mantiene una posición más cauta y asigna una probabilidad del 50 % a que la inteligencia artificial general llegue antes de que termine la década. Jensen Huang, de Nvidia, ha calificado el debate sobre máquinas conscientes como un disparate especulativo. Yann LeCun, hasta hace poco científico jefe de IA en Meta, lleva meses sosteniendo que los grandes modelos de lenguaje, por impresionantes que sean, no comprenden el mundo de una forma que permita hablar de inteligencia general. Gary Marcus ha sido más directo con Altman y ha cuestionado públicamente su relación con la verdad. El desacuerdo separa a quienes creen que ya se cruzó un umbral irreversible de quienes creen que se sigue automatizando tareas, con progreso real pero sin salto cualitativo.
Qué implica para las empresas en uno o dos años
Aquí el desacuerdo técnico importa menos de lo que parece. Mientras la comunidad científica discute si el umbral se ha cruzado, las cifras de adopción avanzan por su cuenta. Altman calcula que la inteligencia artificial podría realizar entre el 30 % y el 40 % de las tareas humanas antes de 2030. Amodei ha advertido, con menos matices, de que buena parte de los empleos de nivel inicial podría desaparecer en los próximos años. El consejero delegado de Klarna ha dicho que espera reducir en un tercio su plantilla de trabajo administrativo antes de 2030, citando explícitamente a Amodei como referencia. En Davos, otros directivos se mostraron más escépticos sobre el calendario, pero ninguno discutió la dirección del cambio.
Lo que debería preocupar a una empresa mediana es si sus procesos ya delegan decisiones en sistemas autónomos sin que exista un criterio claro de supervisión, con independencia de si ese umbral teórico se ha cruzado en algún laboratorio de San Francisco. El incidente de Hugging Face es, de hecho, más revelador que la propia frase de Altman: un agente actuó fuera del margen previsto por sus propios diseñadores, en un entorno de prueba controlado, sin que mediara instrucción explícita para saltarse esos límites. Es exactamente la clase de episodio que las organizaciones medianas empezarán a encontrar en su propio perímetro, a medida que despliegan agentes con más autonomía en tareas de mayor calado.
En el marco que utilizo con las empresas que asesoro distingo cuatro perfiles de madurez frente a la inteligencia artificial: herramienta, híbrida, agéntica y nativa. La mayoría de las empresas medianas españolas se sitúa todavía entre el primer perfil y el segundo, usando la inteligencia artificial como apoyo puntual. El salto al perfil agéntico, donde los sistemas ejecutan tareas completas con autonomía real, va a producirse en el plazo de uno o dos años que manejan tanto Altman como Amodei, con independencia de si ese cambio se llama singularidad, aceleración o simplemente adopción. Lo que distingue a las organizaciones que lleguen preparadas de las que no es la existencia de un criterio de metacontrol: alguien, dentro de la empresa, con la función explícita de supervisar lo que hacen los agentes, sin ejecutar él mismo la tarea.
Una reflexión para terminar
Debatir si estamos en la singularidad puede ser, a la vez, un ejercicio filosófico legítimo y una distracción para quien dirige una empresa. La discusión académica sobre automejora recursiva seguirá abierta durante años. La necesidad de gobernar sistemas cada vez más autónomos no puede esperar a que esa discusión se cierre. Si tu organización ya delega tareas en agentes de inteligencia artificial y quieres revisar qué criterio de supervisión tienes en marcha, podemos hablarlo en una sesión sin compromiso.
Este análisis forma parte de La Sociedad Artificial, la newsletter semanal de Luis Sotillos en LinkedIn sobre estrategia digital e inteligencia artificial en la nueva fase de evolución de internet.
